
El momento llegó la noche después del cruce.
Talryn había acampado en un saliente de roca que dominaba el camino por ambos lados. Buena posición defensiva. Drusniel empezaba a sospechar que la guía los conducía por una ruta elegida tanto por las líneas de visión como por la seguridad del terreno. Cada campamento tenía vistas despejadas. Cada parada ofrecía puntos de observación. No acampaban donde era cómodo. Acampaban donde Talryn podía ver.
Srietz se había dormido temprano, agotado por el cruce del campo de placas y la caída que no mencionaba pero que le había dejado un temblor fino en las manos durante el resto de la marcha. El goblin dormía con las orejas aplastadas y la mochila apretada contra el pecho, como si el universo pudiera intentar quitársela de nuevo.
Talryn patrullaba el perímetro. Drusniel podía seguir su silueta recortada contra el resplandor rojo lejano de los campos termales, moviéndose en intervalos regulares, un reloj con piernas y un cuchillo.
Elion se sentó junto a él. No pidió permiso. No anunció su presencia. Simplemente estaba ahí, a su lado, mirando el mismo horizonte humeante.
Pasó un minuto largo antes de que ninguno hablara.
—Hoy busqué ayuda —dijo Drusniel. Lo dijo en voz baja, consciente de la distancia de Talryn, midiendo el alcance del sonido contra el viento que soplaba desde el este—. Cuando Srietz cayó. No busqué magia. No busqué mis manos. Busqué otra cosa.
Elion no giró la cabeza.
—Lo sé.
—¿Lo viste?
—Vi tu cara. Un segundo de parálisis. Luego volviste. —El cambiaformas cruzó los brazos sobre las rodillas—. Conozco esa expresión.
El viento arrastró ceniza fina entre ellos. Partículas volcánicas tan pequeñas que eran más textura que sustancia, un roce seco contra la piel expuesta.
—Esperé que viniera —continuó Drusniel—. No le pedí. No lo invoqué. Solo lo esperé, como si fuera algo con lo que pudiera contar. Tres contactos. Tres veces que esa cosa ha hablado en mi cabeza, y ya la espero como si fuera parte de mí.
—Tres veces.
—Tres.
Elion dejó escapar un sonido. No era risa ni burla. Era reconocimiento, del tipo que sale cuando alguien confirma un número que ya habías calculado por tu cuenta.
—¿Cuántas veces para ti? —preguntó Drusniel.
La pregunta era directa. Sin adornos. Sin preámbulo diplomático. No quedaba espacio para eso entre ellos, no después de los campos de flores, no después de las placas volcánicas, no después de la mano de Elion cerrándose alrededor de la muñeca de Srietz mientras la piedra se desmoronaba.
Elion tardó en responder. Los músculos de su mandíbula trabajaban bajo la piel, comprimiendo y soltando, como si masticara la respuesta antes de dejarla salir.
—Unas cuarenta.
Drusniel no se movió. Cuarenta. Dejó que el número se asentara. Cuarenta veces algo había hablado dentro de Elion, y Elion seguía aquí, seguía caminando, seguía siendo Elion. O lo que quedara de Elion después de cuarenta contactos con algo que no tenía nombre ni intención declarada.
—¿Es la misma cosa?
—No lo sé. —La honestidad de la respuesta era cortante, limpia, sin la capa protectora de ambigüedad que Drusniel habría usado—. No la nombro. No hablo de ella. No pregunto qué quiere.
—¿Funciona?
—No.
Un Escoricáscara cruzó la roca junto a la bota de Drusniel, patas diminutas rasguñando el basalto con un ritmo que sonaba como uñas contra pergamino. Lo observó desaparecer por una fisura sin reducir la velocidad.
—La mía me ofrece cosas —dijo Drusniel—. Respuestas. Conocimiento. Siempre llega cuando necesito algo. Nunca cuando estoy bien.
—La mía también.
—¿Y las aceptas?
Elion lo miró por primera vez desde que se había sentado. Sus ojos tenían una cualidad que Drusniel no había visto antes. No miedo. No resignación. Familiaridad, del tipo que se forma entre un prisionero y los muros de su celda.
—A veces. Cuando la alternativa es peor. —Hizo una pausa que duró cinco latidos—. Las primeras veces te resistes. Las siguientes te justificas. Después de un tiempo dejas de notar la diferencia entre resistir y justificar.
Drusniel se miró las manos. Los dedos le picaban por trazar una grieta en la roca, por contar algo, por imponer un patrón en la conversación que le permitiera mantener la distancia analítica que siempre mantenía. Se obligó a quedarse quieto.
—Tres veces —repitió—. Y ya no puedo imaginar decirle que no.
—No te estoy contando esto para asustarte.
—Lo sé.
—Te lo cuento porque a las tres veces yo pensaba lo mismo. Que era temporal. Que podía controlarlo. Que cuando llegara el momento de decir que no, lo diría. —Elion se pasó una mano por la cara, un gesto tan humano y tan poco calculado que parecía fuera de lugar en alguien que pasaba la mitad de su tiempo siendo cualquier otra cosa—. El momento no llega de golpe. Llega en pedazos. Cada vez un poco más pequeño que el anterior.
Las brasas del fuego crepitaron. En algún lugar de la oscuridad, Talryn completó otra vuelta de su perímetro.
—¿Qué quiere la tuya? —preguntó Drusniel.
—No la nombro.
—No te he pedido el nombre. Te he preguntado qué quiere.
Elion se quedó callado un rato largo. El viento cambió de dirección y trajo olor a mineral caliente, cobre y sal mezclados con la acidez permanente del aire volcánico.
—Presencia —dijo al fin—. Quiere estar presente. No controlar. No dominar. Solo estar ahí, siempre, como un segundo par de ojos detrás de los míos. Y cada vez que acepto una oferta, el espacio que ocupa se hace un poco más grande.
—¿Y cuando dices que no?
—Se encoge. Pero nunca al tamaño que tenía antes.
Drusniel procesó eso. Lo metió en el mismo compartimento mental donde guardaba las ecuaciones de riesgo y los análisis de coste, porque era la única manera de mirar algo así sin que el pánico lo inutilizara.
Tres contactos. Ya no podía imaginar decir que no.
Cuarenta contactos. Elion seguía caminando.
La diferencia entre esos dos números era la distancia entre donde Drusniel estaba y donde podría terminar. Y la parte que le revolvía el estómago no era la distancia en sí, sino la sospecha de que Elion a las tres veces se parecía mucho más a Drusniel ahora de lo que Elion a las cuarenta se parecía a Elion a las tres.
Algo cambiaba. Algo ya había cambiado.
Y ninguno de los dos sabía el nombre de la cosa que los cambiaba.
—Deberíamos dormir —dijo Elion, y se levantó con un movimiento que contenía demasiada fluidez para ser enteramente humano.
—Sí.
—Drusniel.
—¿Qué?
—No le cuentes a Srietz. Todavía no. El goblin calcula costes. Si calcula este, querrá una solución, y no la hay.
Drusniel asintió. Se quedó sentado mientras Elion se alejaba, mirando la oscuridad donde las brasas proyectaban sombras que se movían como cosas vivas. Trazó una grieta en la roca junto a su pierna con la uña del pulgar. La geometría era simple: una línea recta que terminaba en nada.
Como todas las conversaciones que importaban.
Fin de Capítulo 23.3 —> 23.4: La Deuda Anticipada: La Verdad del Comercio de Cristales
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