
Le llevó cuatro intentos sentarse.
El primero la dejó de espaldas con un mareo que convirtió el cielo en un remolino de azul y blanco. El segundo la elevó hasta los codos antes de que los brazos cedieran. El tercero fue un esfuerzo sostenido que terminó con el estómago vaciándose sobre la hierba, bilis amarga y nada más, porque no recordaba cuándo había comido por última vez. El cuarto funcionó solo porque Xandor le puso la mano en la espalda y no la dejó caer.
Se sentó. El mundo se estabilizó por grados, como una imagen desenfocada que alguien ajustara con lentitud deliberada. Hierba. Piedras. Cielo. Las caras de los cuatro hombres que la rodeaban en un semicírculo tenso.
Sangre. En sus manos, en su camisa, en el barro bajo ella. Se tocó la cara. Las dos fosas nasales seguían goteando, hilos espesos que le bajaban por la barbilla y le manchaban el cuello. Se limpió con la manga. La tela ya estaba roja.
—¿Cuánto tiempo? —Su voz sonó como si perteneciera a otra persona. Áspera, rota, sacada del fondo de un pozo seco.
—Siete minutos —dijo Eldric.
Siete minutos. El doble de la visión más larga que había tenido. Siete minutos con el cuerpo convulsionando en el suelo mientras su mente estaba en un barco en aguas negras, dentro de la piel de alguien a quien no conocía.
—Creíamos que no ibas a volver —dijo Balin. No intentó disimular el temblor en su voz.
Dulint estaba de cuclillas frente a ella, los ojos del enano recorriendo su cara con la precisión de alguien que evalúa daños estructurales. La mochila con el Faro estaba en el suelo a su lado. El artefacto había dejado de pulsar. Por primera vez en días, la tela que lo envolvía no emitía ninguna luz. Quieto. Satisfecho. Como un animal que ha comido.
—Habla —dijo Dulint—. Cuando puedas.
Maris se tomó tres respiraciones. Lentas. Las contó porque contar le daba algo a lo que agarrarse, un marco de referencia que su mente necesitaba después de haber estado en un lugar donde las referencias no existían.
—Lo vi —dijo.
—¿Al drow? —preguntó Xandor.
—No sé lo que es. Pero lo vi. Todo. La cara completa, el cuerpo, el lugar donde está. —Tragó saliva. La garganta le ardía como si hubiera estado gritando durante horas—. Piel oscura, gris que tira a negro. Cabello blanco, largo, apelmazado. Orejas puntiagudas. Ojos que brillan solos, de un color entre dorado y ámbar. Joven. Puede que más joven que Balin, aunque es difícil saberlo. Su cara no es humana. Nada en él es humano.
—¿Un elfo? —dijo Eldric.
—Un elfo oscuro —corrigió Xandor—. La descripción coincide con los textos que he leído. Piel oscura, luminiscencia ocular, estructura ósea angular. Las civilizaciones profundas. Los que viven donde la luz no llega.
—¿Dónde está? —preguntó Dulint.
Maris cerró los ojos. El recuerdo llegó con un sabor a azufre y un calor fantasma en la piel.
—En un bote. Solo, en un bote pequeño sobre agua negra. Bajo tierra, creo. No hay cielo donde él está. Hay roca arriba y agua abajo y calor. Mucho calor. Huele a volcán, a azufre, a piedra quemada. Y el agua… el agua está viva de algún modo. Tiene su propia luz. Algo se mueve debajo.
—¿Qué cosa?
—No lo sé. No lo vi. Lo sentí. Grande. Muy grande.
Silencio. El viento movió la hierba y trajo olor a turba. Un contraste absurdo con lo que estaba describiendo.
Balin se sentó en el suelo junto a ella. No dijo nada. Estaba ahí, que era suficiente.
—Esta visión fue distinta —continuó Maris—. Las otras veces observaba desde fuera, como mirar a través de una ventana. Esta vez fui arrastrada al interior. Sentí lo que él siente. Su miedo. Su determinación. Estuve dentro de su piel.
—¿Y él? —preguntó Xandor, inclinándose hacia delante—. ¿Percibió tu presencia?
—Me vio.
Las dos palabras cayeron en el grupo como una piedra en agua quieta. Dulint se enderezó. Eldric frunció el ceño. Balin la miró con los ojos muy abiertos.
—¿Cómo que te vio? —dijo Dulint.
—Levantó la cabeza y miró exactamente al lugar donde yo estaba. No a través de mí. A mí. Me reconoció. Dijo te veo en un idioma que no conozco pero que entendí de todos modos. Y luego preguntó quién soy.
—¿Le respondiste?
—Intenté. No tuve tiempo. La visión se rompió antes.
Maris abrió los ojos. El dolor detrás de ellos se había aplacado hasta convertirse en un latido sordo, manejable. El precio que pagaría luego, cuando el cuerpo terminara de procesar lo que le había hecho. Ahora tenía otras prioridades.
—Hay una barrera —dijo—. Entre donde estamos nosotros y donde está él. No es distancia normal. Es otra cosa. Como si la realidad tuviera capas y él estuviera en una capa diferente. La barrera cortó la conexión. Sentí cómo lo hizo: limpio, preciso, sin esfuerzo. Sea lo que sea, es antiguo y es poderoso.
—¿La barrera lo protege? —preguntó Eldric. La mente del soldado buscando funciones, aplicaciones prácticas.
—Lo encierra.
Otra piedra. Más ondas.
—Hay algo más. —Maris extendió la mano hacia la mochila de Dulint. No la tocó. Señaló—. El Faro. Cuando estuve conectada a él, sentí algo que correspondía. Como dos mitades de un mecanismo. El Faro tiene una frecuencia, un pulso, un patrón. Él carga algo con el mismo patrón. Otra pieza. Otro fragmento. Lo lleva encima, cerca del pecho, aunque no creo que sepa exactamente qué es.
Dulint miró la mochila. Luego a Maris. Su expresión no cambió, pero la calidad de su silencio sí.
—El Faro busca sus fragmentos —dijo despacio—. Eso ya lo sabíamos. ¿Estás diciendo que uno de los fragmentos lo tiene él?
—Estoy diciendo que él es parte de lo que el Faro busca. No sé si lleva un fragmento o si es un fragmento o si la distinción importa. Lo que sé es que cuando estuve dentro de su cabeza, el Faro se quedó en silencio por primera vez desde que lo encontramos. Como si hubiera encontrado lo que buscaba.
Xandor se frotó la barba. El druida procesaba información con una lentitud metódica que a veces exasperaba y otras veces salvaba al grupo de decisiones precipitadas.
—Si la conexión es bidireccional —dijo—, y si él carga otra pieza del artefacto, entonces lo que el Faro sigue no es solo fragmentos dispersos. Sigue una red. Nodos conectados. Y él es uno de los nodos.
—Él es el nodo central —dijo Maris—. Lo sentí. Todo apunta hacia él. Los fragmentos, el Faro, la barrera, todo. Nosotros estamos en la periferia. Él está en el centro.
Dulint se puso de pie. Se apartó dos pasos, se giró, volvió. El movimiento de un hombre que necesita gastar la energía de un pensamiento demasiado grande para contenerlo sentado.
—¿Puedes encontrarlo? —preguntó.
—No lo sé. La barrera…
—¿Puedes intentarlo?
Maris lo miró. Vio lo que el enano no decía: que la misión acababa de cambiar. Ya no seguían señales abstractas hacia fragmentos desperdigados. Ahora había una persona. Un rostro. Ojos que la habían visto y una voz que le había preguntado su nombre.
—Puedo intentarlo —dijo—. Pero hay algo que necesitáis saber antes.
Se limpió la sangre de la barbilla con dedos que habían dejado de temblar. La claridad de lo que había visto le daba una calma extraña, la calma de quien ya no tiene que adivinar.
—Él me vio. Lleva otra pieza del artefacto. Y algo lo está cambiando. No solo el lugar donde está. Lo que hay en ese lugar. La barrera, el agua, lo que se mueve debajo. Lo están transformando en algo. No sé en qué. Pero lo están convirtiendo en un arma.
El silencio que siguió fue largo y espeso y nadie lo rompió hasta que Dulint lo hizo, con una sola frase que no era una orden ni una pregunta sino una declaración del camino que acababan de tomar sin votarlo.
—Entonces lo encontramos antes de que terminen.
Fin de Capítulo 24.5 —> 25.1: El Acercamiento: Más Allá de los Campos de Cristal
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