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La Visión Clara: La Distancia
Frostgard
La Visión Clara: La Distancia
Maris
Maris
August 20, 2024
4 min

La vasta e incomprensible distancia entre los dos mundos, separada por una barrera invisible
La vasta e incomprensible distancia entre los dos mundos, separada por una barrera invisible

Capítulo 24 | Parte 4 | La Distancia


Los pedazos de la visión no cayeron al vacío. Flotaron.

Maris estaba suspendida en un espacio que no era el agua negra ni las colinas del norte ni ningún lugar que su mente pudiera categorizar. Los fragmentos de la conexión giraban a su alrededor como esquirlas de un espejo roto, y en cada una veía un reflejo distorsionado: los ojos ambarinos, los dedos grises agarrando la borda, la boca formando palabras que ya no podía oír.

Intentó alcanzarlos. No tenía manos aquí, no tenía cuerpo, pero la intención de alcanzar se tradujo en movimiento. Se desplazó hacia el fragmento más cercano. Se alejó. Intentó con otro. El mismo resultado. Cada vez que se acercaba, los pedazos se apartaban con la precisión de un mecanismo, manteniendo una distancia constante que ningún esfuerzo podía reducir.

La distancia.

Maris la comprendió entonces. No con la mente sino con algo anterior a la mente, algo que existía en la base del cráneo donde el dolor llevaba horas construyéndose. La distancia entre ella y el hombre del agua negra no era geográfica. No se medía en leguas ni en días de camino ni en los accidentes del terreno. Se medía en capas. Como si la realidad misma fuera un tejido plegado sobre sí mismo y ellos estuvieran en pliegues diferentes, cercanos en línea recta pero separados por la estructura del material que los contenía.

Algo los separaba.

No el espacio normal. Algo más denso, más viejo, con una textura que Maris podía sentir ahora que la conexión se había roto y la había dejado flotando entre los restos. Era como presionar la palma contra una pared de cristal grueso: podía ver el otro lado, casi podía tocar el otro lado, pero el cristal estaba ahí. Sólido. Invisible. Impasible.

La barrera se hace visible, una pared sólida e impasible entre ellos
La barrera se hace visible, una pared sólida e impasible entre ellos

Una barrera.

No sabía de qué estaba hecha ni quién la había puesto ni por qué. Pero sabía que existía, porque la había golpeado con toda la fuerza de su conexión y había rebotado. La ruptura de la visión no había sido un fallo de su capacidad. Había sido la barrera cortando el vínculo como unas tijeras cortan un hilo.

Los fragmentos flotantes se alejaron más. El rostro en los espejos rotos se hacía más pequeño, los ojos ambarinos reduciéndose a puntos de luz en la oscuridad creciente. Maris intentó gritar. No salió sonido. Intentó moverse. La corriente que la había arrastrado hacia dentro ahora la empujaba hacia fuera con la misma fuerza impersonal, devolviéndola a un cuerpo que sentía cada vez más cercano y más frío.

No.

No quería volver. No todavía. La conexión había durado un latido, un solo latido compartido entre dos corazones que no deberían haber podido encontrarse, y en ese latido había aprendido más sobre el hombre del agua negra que en semanas de visiones fragmentarias. Era real. Estaba vivo. Cargaba algo que correspondía con lo que ella cargaba. Y estaba en un lugar del que no podía salir.

La barrera no lo protegía. Lo encerraba.

La corriente tiró más fuerte. Los fragmentos de la visión se disolvieron uno a uno, como brasas apagándose bajo la lluvia, y con cada uno se llevaban un detalle. Primero el olor a azufre. Luego el calor. Luego el sonido del agua golpeando madera. Luego la textura de la piel oscura y las articulaciones de los dedos grises y la forma de las orejas puntiagudas asomando entre el pelo blanco.

Lo último que se apagó fueron los ojos.

Maris observa impotente cómo la visión se desvanece, dejándola atrás
Maris observa impotente cómo la visión se desvanece, dejándola atrás

Ambarinos. Luminosos. Mirándola desde el otro lado de una distancia que ningún viaje podía cruzar.

En el último instante antes de que la corriente la escupiera de vuelta, los ojos cambiaron. La expresión de reconocimiento se convirtió en algo más desesperado, más urgente. La boca del rostro que ya apenas existía se movió. Formó palabras.

“¿Quién eres?”

Maris intentó responder. Reunió todo lo que le quedaba de presencia en ese espacio entre espacios y lo concentró en un solo punto de intención. Su nombre. Una sola palabra. Tres sílabas que podrían haber cruzado la barrera si hubiera tenido un segundo más, un latido más, una fracción de conexión que sostuviera el puente.

No lo tuvo.

La visión se rompe violentamente, cortando la conexión
La visión se rompe violentamente, cortando la conexión

La visión se rompió.

No como cristal esta vez. Como hueso. Con un crujido que recorrió su columna vertebral y la sacudió desde la base del cráneo hasta los talones. La oscuridad entre mundos se desgarró y la realidad la golpeó como el suelo golpea a quien cae desde una altura considerable: con todo, de una vez, sin misericordia.

Maris abrió los ojos.

Cielo azul. Hierba amarillenta en la periferia de su visión. La cara de Balin sobre ella, blanca, los labios apretados. Las manos de Xandor en sus sienes. El peso de una manta bajo su cabeza. El barro frío empapándole la espalda.

Y dolor.

Un dolor que no se parecía a nada que hubiera sentido. No localizado, no específico. Un dolor que era la ausencia de la conexión, el hueco que dejaba un miembro amputado, el silencio atronador que sigue a un sonido que ha durado demasiado. Estaba sola en su cuerpo. Sola en su mente. Sola del modo en que solo puedes estar sola después de haber sido dos personas durante un instante.

Gritó.

No su nombre. No el de él. Un sonido sin palabras que salió de su garganta con la fuerza de algo expulsado a presión, un grito que contenía la distancia y la barrera y los ojos ambarinos preguntando quién eres y la respuesta que no llegó a tiempo.

Gritó hasta que se le acabó el aire.

Maris gritando sola en el suelo helado, la conexión rota
Maris gritando sola en el suelo helado, la conexión rota

Y luego quedó inmóvil, mirando el cielo vacío, con sangre bajándole de ambas fosas nasales.


Fin de Capítulo 24.4 —> 24.5: La Visión Clara: Las Consecuencias


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