
El barco era pequeño.
Lo supo antes de verlo. Sentía la madera bajo las palmas de las manos que no eran sus manos, tablones húmedos y astillados que se doblaban con cada ola. El agua golpeaba el casco con un sonido hueco, rítmico, como nudillos contra una puerta cerrada. La embarcación se mecía y la oscuridad a su alrededor era total.
No. No total. El agua tenía su propia luz.
Una luminiscencia enferma que subía desde abajo, sin fuente visible, iluminando la superficie en un tono verdoso que hacía que el negro del agua pareciera más negro por contraste. Maris miró a través de ojos que no eran los suyos y vio las manos agarrando la borda del bote. Dedos largos, grises en las puntas, nudillos pálidos por la fuerza del agarre. Piel oscura que absorbía la poca luz disponible.
La imagen que la había perseguido durante semanas, estática, fragmentaria, imposible de enfocar, ahora era sólida. Estaba dentro de ella. No como un recuerdo ni como una alucinación. Estaba viviendo lo que él vivía en el momento exacto en que lo vivía.
El calor era lo primero que no esperaba.
Había imaginado frío. El agua negra de sus visiones siempre le había evocado hielo, profundidad, ahogamiento lento. Pero el aire aquí era caliente y denso, cargado de humedad y de un olor que quemaba la garganta. Azufre. Roca fundida. El aliento de un volcán exhalando bajo tierra.
Él tenía miedo.
Lo sintió como propio y le cortó la respiración. No el miedo lejano que había percibido en visiones anteriores, ese eco tenue que llegaba filtrado por la distancia. Esto era directo, sin amortiguar, crudo. Miedo animal en el estómago, en los músculos de los muslos que se tensaban preparados para correr sin tener adónde ir, en la mandíbula apretada hasta que los dientes chirriaban.
Y debajo del miedo, determinación.
Él remaba. Manos desnudas contra el agua negra, empujando la embarcación hacia delante centímetro a centímetro. No tenía remos. Los había perdido o nunca los tuvo. Sus brazos se hundían en el agua hasta los codos y sacaba puñados de negrura que se escurrían entre los dedos grises como aceite vivo. Cada brazada dolía. El agua era caliente, no tibia. Caliente como agua de baño dejada demasiado tiempo sobre el fuego.
Pero seguía remando.
Maris quiso ver su cara. La necesidad era física, urgente, como la necesidad de respirar cuando has estado bajo el agua demasiado tiempo. Había visto fragmentos antes, pedazos sueltos de un rostro que se deshacía antes de completarse. Ahora estaba dentro de él, mirando a través de sus ojos, y necesitaba ver.
El agua se lo mostró.
La superficie actuó como espejo cuando él se detuvo a respirar, inclinado sobre la borda, jadeando. En el reflejo verdoso y distorsionado, Maris vio el rostro completo por primera vez.
Joven. Más joven de lo que había imaginado. Los pómulos eran altos y afilados, con una estructura ósea que ningún humano poseía, demasiado angular, demasiado definida. La mandíbula era estrecha, la barbilla terminaba en un punto sutil que acentuaba la forma alargada del cráneo. La piel era de un gris oscuro que tiraba a negro en las sombras y adquiría un matiz violáceo donde la luz del agua lo alcanzaba. El cabello, blanco, largo, le caía en mechones apelmazados sobre los hombros, pegado al cráneo por sudor y por la humedad oprimente del aire.
Las orejas terminaban en puntas que sobresalían del pelo incluso mojado. Largas, curvadas ligeramente hacia atrás. No eran orejas humanas. Nada en ese rostro era humano.
Los ojos brillaban.
Un resplandor tenue, ambarino, que venía de dentro, no de fuera. Como si los iris contuvieran su propia fuente de luz. En la oscuridad absoluta de ese lugar, los ojos eran lo único que parecía vivo.
Y estaban aterrados.
Maris sintió la garganta de él contraerse. Un sonido salió de su boca. No era un grito ni una palabra. Era un sonido que venía de más abajo que la garganta, del pecho, del estómago, del lugar donde el cuerpo almacena el miedo que la mente se niega a procesar. Algo había cambiado en el agua a su alrededor. La luminiscencia de abajo se intensificaba, subía, y con ella subía una presencia que Maris no podía ver pero que sentía con cada fibra del cuerpo que compartía.
Algo enorme se movía bajo la superficie.
Él lo sabía. Remó más rápido, las manos despellejándose contra los bordes del bote, los brazos ardiendo por el esfuerzo y por el calor del agua. El barco se movió. Despacio. Demasiado despacio.
La presencia bajo el agua se detuvo.
Y en ese silencio repentino, más aterrador que cualquier sonido, él levantó la cabeza.
Miró directamente a donde estaba Maris.
No a donde ella habría estado si tuviera cuerpo en ese lugar. A donde estaba. Su conciencia, su presencia invisible, el punto exacto del espacio que ella ocupaba sin ocupar. Los ojos ambarinos se clavaron en un lugar vacío del aire y se abrieron con una expresión que no era sorpresa. Era reconocimiento.
Él la veía.
No como ella lo veía a él, con los sentidos prestados y la piel compartida. La veía como se ve un fantasma: una silueta traslúcida, una presencia en el borde de la percepción, lo bastante real para percibir y lo bastante imposible para no creer.
Su boca se abrió.
Maris sintió las palabras formarse en la garganta de él y salir de sus labios al mismo tiempo que las escuchaba desde fuera, un eco doble que la atravesó como una aguja.
“Te veo.”
Dos palabras. En un idioma que no conocía pero que entendió con una claridad que trascendía la lengua. Las palabras no eran sonido. Eran intención pura, disparada a través de capas de distancia y de algo más denso que la distancia.
Durante un latido, estuvieron conectados.
Ella lo veía. Él la veía. El espacio entre ellos se contrajo hasta que no fue espacio sino contacto, un punto de unión imposible entre dos mentes separadas por una distancia que no se medía en leguas. Maris sintió lo que él sentía y supo que él sentía lo que ella sentía, y en esa conexión compartida hubo un instante de claridad absoluta.
Es real. Está vivo. Está sufriendo.
Y luego la presencia bajo el agua se movió.
La visión se quebró como cristal golpeado por un martillo. No se desvaneció ni se desdibujó ni se disolvió gradualmente como las anteriores. Se rompió. En pedazos. Con un sonido que no era sonido sino dolor, un desgarro que atravesó la conexión y la arrancó de él como se arranca una costra de una herida abierta.
Fin de Capítulo 24.3 —> 24.4: La Visión Clara: La Distancia
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