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La Visión Clara: La Acumulación
Frostgard
La Visión Clara: La Acumulación
Maris
Maris
August 17, 2024
4 min

Maris camina por el bosque oscuro, cada paso más pesado que el anterior
Maris camina por el bosque oscuro, cada paso más pesado que el anterior

Capítulo 24 | Parte 1 | La Acumulación


El dolor de cabeza empezó con el amanecer.

No como los anteriores. Los anteriores habían sido presión constante, sorda, algo a lo que Maris se había acostumbrado como quien se acostumbra a cargar una mochila demasiado pesada. Este era distinto. Este tenía pulso propio. Latía detrás de sus ojos en intervalos irregulares, cada uno más fuerte que el anterior, y entre los latidos había un silencio tenso que le hacía apretar los dientes esperando el siguiente golpe.

No dijo nada. Se ató las botas con dedos que temblaban apenas y se puso en pie antes de que Xandor pudiera preguntarle cómo había dormido. La respuesta era obvia y no quería oírla convertida en palabras.

El grupo se movía hacia el norte por un terreno de colinas bajas cubiertas de hierba amarillenta que crujía bajo los pies. El viento traía olor a turba mojada y a algo metálico que Maris no conseguía identificar. Eldric iba en cabeza, marcando un ritmo que habían acordado: constante, sin desvíos, lo bastante rápido para avanzar y lo bastante lento para que ella no se quedara atrás.

Ya no podía mantener ese ritmo.

A media mañana tropezó con una piedra que habría visto cualquier otra versión de sí misma. Balin la sujetó del codo antes de que cayera.

—Estoy bien.

—No he dicho que no lo estés.

Le soltó el brazo con cuidado, pero se quedó a su lado.

Maris ve su propio reflejo en un charco de agua oscura bajo el hielo
Maris ve su propio reflejo en un charco de agua oscura bajo el hielo

Maris notó el cambio de posición sin comentarlo. Balin había empezado a caminar junto a ella en las últimas jornadas, abandonando su lugar en la retaguardia. Nadie se lo había pedido.

El Faro pulsaba en la mochila de Dulint. Maris lo sentía como un segundo corazón cosido a su esternón, cada latido del artefacto enviando una onda que le recorría el cuerpo y terminaba en un punto de dolor concentrado detrás del ojo izquierdo. Desde la integración del fragmento, la conexión se había convertido en una cadena. Antes podía apartar la señal, empujarla hacia los bordes de su percepción. Ahora la señal estaba dentro de ella.

—Para —dijo Xandor.

Maris se detuvo. El druida la observaba con esa expresión que había aprendido a temer: la de alguien que mide daños invisibles.

—Te sangra la nariz.

Dulint sujeta a Maris del codo mientras Xandor señala la sangre
Dulint sujeta a Maris del codo mientras Xandor señala la sangre

Se llevó los dedos al labio superior. Sangre caliente, espesa. Se limpió con el dorso de la mano y siguió caminando.

—Maris.

—Llevo tres días sangrando, Xandor. Si paramos cada vez que me sangra la nariz, no llegaremos a ningún sitio.

Él no respondió. Pero sus pasos se acercaron a los de ella, su hombro a la distancia justa para que pudiera apoyarse sin que pareciera que lo necesitaba.

Dulint los observaba desde delante. El enano tenía esa manera de mirar por encima del hombro que pretendía ser casual y nunca lo era. Maris veía la preocupación tallada en las arrugas de su frente como cicatrices viejas. Preocupación por ella, sí. Pero mezclada con otra cosa. Un cálculo que no compartía.

Al mediodía el dolor se transformó.

Dejó de ser presión. Se convirtió en movimiento. Algo dentro de su cráneo se desplazaba, giraba, buscaba una orientación que ella no le había dado. La sensación le recordó a un compás enloquecido, la aguja oscilando entre puntos cardinales que no existían en ningún mapa. Norte, siempre norte, pero ahora también hacia abajo. Hacia adentro.

Se sentó sin que nadie se lo pidiera. Las piernas simplemente dejaron de funcionar como piernas y se convirtieron en peso muerto bajo su cuerpo. El suelo estaba frío y húmedo a través de sus pantalones. Una babosa se arrastraba por una hoja de hierba a tres centímetros de su mano izquierda, ajena a todo.

—Algo viene —dijo.

Eldric se giró. La mano fue al pomo de la espada por instinto antes de que procesara que ella no hablaba de una amenaza física.

—Explica.

—La señal del Faro. Se está acumulando. Cada pulso es más fuerte que el anterior y la frecuencia aumenta. Es como… —Buscó las palabras con cuidado, consciente de que la precisión importaba—. Como presión barométrica antes de una tormenta. Sube y sube y el cuerpo lo sabe antes que la mente.

—¿Una visión?

—No. Más grande. La acumulación de las visiones anteriores era gradual. Podía sentirlas llegar con horas de anticipación. Esto no me está dando tiempo. Esto está construyendo hacia algo que no he experimentado antes.

Silencio. El viento movió la hierba en olas largas y lentas. El cielo sobre ellos estaba limpio, sin nubes, un azul frío que no correspondía a la sensación de tormenta que Maris cargaba en la base del cráneo.

Dulint se quitó la mochila y la abrió. El Faro estaba envuelto en tres capas de tela. Incluso a través de ellas, la luz se filtraba en intervalos visibles. Pulso. Pausa. Pulso. Pausa más corta. Pulso.

El brillo del Faro se filtra por la lona de la mochila de Dulint
El brillo del Faro se filtra por la lona de la mochila de Dulint

—Está acelerando —dijo el enano.

—Lo sé.

—¿Cuánto tiempo?

Maris cerró los ojos. La presión detrás de ellos era constante ahora, sin intervalos. Le lloraban los ojos, lágrimas que no tenían nada que ver con la emoción. El cuerpo intentando aliviar una presión que no podía aliviar.

—No sé. Horas. Puede que menos.

—Entonces seguimos moviéndonos —dijo Eldric—. Si va a llegar de todas formas, mejor que nos pille en un lugar que podamos defender.

—No puedes defender contra esto.

—Puedo defender tu cuerpo mientras tu mente esté en otro lugar.

La respuesta fue tan práctica que Maris casi sonrió. Casi.

Se pusieron en marcha. Maris caminaba con la concentración de alguien que cruza hielo fino sobre agua profunda, cada paso medido, cada respiración controlada. La presión subía. El Faro pulsaba. Y en algún lugar al norte, a una distancia que no podía medir en leguas sino en capas de realidad, la imagen que la perseguía desde hacía semanas se hacía más sólida.

El hombre en el agua negra.

Los dedos grises. El cabello blanco. Los ojos que brillaban en la oscuridad.

Podía sentirlo ahora. No verlo todavía, no con los ojos de la visión, sino sentirlo como se siente la presencia de alguien en una habitación oscura. Estaba ahí. Y lo que fuera que le estaba pasando, estaba pasándole ahora.

Agarró el brazo de Balin. El joven enano la miró, alarmado por la fuerza del agarre.

—Le está pasando ahora —jadeó—. Al hombre que se ahoga. Lo que sea que le está pasando, le está pasando ahora mismo.

Maris agarra el brazo de Balin con fuerza desesperada
Maris agarra el brazo de Balin con fuerza desesperada


Fin de Capítulo 24.1 —> 24.2: La Visión Clara: La Caída


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#la visión clara#maris#frostgard
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