
Habían escapado de los cazadores. Por poco.
La mañana los encontró en un claro donde robles centenarios habían sido derribados por alguna tormenta lejana, sus troncos creando un laberinto de barreras naturales. Eldric había elegido el lugar por sus líneas de visión. Madera caída en tres lados, una pendiente pronunciada en el cuarto, solo dos accesos lo bastante anchos para un grupo. Defendible. Temporal.
Maris no podía dejar de temblar. La nariz le sangraba a través del paño que se había presionado contra ella, empapando la tela, goteando sobre sus manos. La carrera la había empujado más allá de lo que debería y su cuerpo le estaba cobrando el precio. Xandor estaba sentado a su lado, una mano en su hombro, la otra sosteniendo un paño limpio para reemplazar el arruinado.
El brazo de la espada de Eldric sangraba por un corte que se había hecho durante la huida, una rama o una hoja. Dulint no podía distinguir cuál y a Eldric no parecía importarle. Se lo vendó él mismo, con una sola mano, y mantuvo los ojos en la línea de árboles.
Balin se sentó en un tronco y se quedó mirando la nada. Tenía el aspecto de alguien que ensamblaba las piezas de un rompecabezas sin saber cómo debía ser la imagen.
—No podemos seguir huyendo —dijo Balin.
—De acuerdo —respondió Eldric.
—Y no podemos seguir yendo despacio.
—También de acuerdo.
—¿Entonces qué?
Eldric miró a Dulint. La expresión del soldado ya no era hostil. Estaba cansada. Esa clase de cansancio que viene de librar la misma batalla demasiadas veces sin resolución.
—Un camino intermedio —dijo Dulint. Las palabras salieron pesadas, cada una una concesión que no quería hacer—. Más rápido de lo que yo he estado eligiendo. Más cauteloso de lo que tú has querido. Seguimos la dirección del Faro pero no corremos hacia ella. Nos movemos con propósito.
—Propósito no es velocidad.
—No. Pero el propósito tiene dirección. Lo que yo he estado haciendo… —Se detuvo. Tragó saliva—. Lo que yo he estado haciendo no tenía propósito. Era reactivo. Tenías razón en eso.
La admisión le costó más que la carrera. Eldric la escuchó. El soldado asintió, despacio.
—Seguimos el Faro hacia el norte —dijo Eldric—. Ritmo constante. No más desvíos a menos que la amenaza esté confirmada, no supuesta. Nos mantenemos bajo la bóveda vegetal cuando sea posible pero no sacrificamos la dirección por la cobertura.
—¿Y cuando los cazadores nos encuentren de nuevo?
—Luchamos. —Eldric lo dijo con sencillez—. Hemos huido dos veces. Huir funciona contra los Gigantes de Hielo, que defienden su territorio pero no persiguen más allá. Estos cazadores no pierden el interés. Huir solo les dice que tenemos miedo. La próxima vez, elegimos el terreno y nos plantamos.
Dulint miró la espada en la cadera de Eldric. A Balin, que agarraba su propia hoja con manos que ahora estaban encallecidas, endurecidas en lugares que no lo estaban cuando salieron de Stonehold. A Maris, que sangraba por donde la gente no debería sangrar y se negaba a dejar de caminar.
—De acuerdo —dijo.
Xandor ayudó a Maris a ponerse en pie. La vidente se tambaleó, se estabilizó y encontró los ojos de Dulint con una claridad que atravesaba su deterioro físico.
—La visión se acerca —dijo—. No solo es más clara. Se acerca. Lo que sea que el Faro intenta alcanzar, la distancia se reduce. Lo siento.
—¿Cuánta distancia?
—No lo sé. Pero la persona que veo, el drow, no solo está en peligro. Está en movimiento. Va a algún lugar. Y donde sea que vaya, se conecta con donde sea que vayamos nosotros. —Se limpió la sangre del labio superior—. El Faro no solo busca fragmentos. Lo busca a él.
Dulint asimiló aquello. Lo archivó junto a la profecía de la vidente y el mensaje de los cazadores y el fragmento que lo había hecho todo más fuerte, todo más claro, todo peor.
—Entonces lo seguimos —dijo.
Recogieron el campamento. Se pusieron en marcha. Hacia el norte, bajo la bóveda vegetal, ritmo constante, dirección con propósito. El compromiso los mantenía unidos como la cuerda sostiene un puente: bajo tensión, con el estrés distribuido, funcional pero frágil.
Eldric iba en cabeza. Dulint caminaba detrás de él, lo bastante cerca para hablar, lo bastante lejos para pensar. Balin flanqueaba a Maris, cuyos pasos eran cuidadosos pero decididos.
Xandor cerraba la marcha, sus ojos viejos escudriñando el bosque a sus espaldas con una atención que nunca flaqueaba.
El Faro pulsaba. Norte. Siempre al norte.
Dulint caminaba y cargaba con su secreto e intentaba no pensar en el rostro de su sobrino en la penumbra del pre-amanecer, la confianza que había estado esperando unas palabras que nunca llegaron. Balin había visto el miedo de su tío. Miedo real. De esa clase que no se puede explicar con prudencia ni sabiduría ni los años.
¿Qué ibas a contarme?
La profecía de la vidente. La certeza absoluta de un fracaso sin parámetros, sin plazo, sin una forma que pudiera anticipar. Solo el conocimiento de que en algún punto entre aquí y donde fueran, fracasaría. No podría. Lo haría.
Y lo peor no era el fracaso en sí. Lo peor era que cada elección cautelosa, cada camino lento, cada demora que había incorporado a su ruta sentía que acercaba la profecía, no que la alejaba. Como si el fracaso no fuera un destino sino un proceso. Algo que ya estaba ocurriendo, en las decisiones que tomaba y las verdades que no compartía y la confianza que estaba erosionando lenta, sistemáticamente.
El compromiso era un comienzo. Velocidad por seguridad. Confianza por secreto.
No sería suficiente. Lo sabía. Pero era mejor que la alternativa, que era ver cómo su sobrino descubría que la persona en quien más confiaba había recibido el aviso de que esa confianza se rompería.
Caminaron hacia el norte.
El Faro señalaba el camino.
Y detrás de ellos, en los bosques de los que habían huido, los cazadores se reagruparon y siguieron.
Fin de Capítulo 22.5 —> 23.1: La Deuda Anticipada: La Guía
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